Renuncié al purgatorio para descubrir el paraíso. Sin dar portazos al salir, cogí el primer billete de autobús rumbo al edén. Allí, al llamar a la puerta, nadie responde nunca, nadie te abre ni te da los buenos días. Es más, diría que ni siquiera había puertas de entrada. Sólo un cartel que rezaba: "Paraíso". Tardé semanas en comunicarme con alguien de allí. Siempre con ese silencio sepulcral, quedo, molesto. Cuando se me brindó la oportunidad de hablar, mis primeros sonidos audibles fueron para preguntar: "¿Dónde está el obrador?". Y otros tantos días sin hablar. Cansado de la rutina de levantarme siempre al mediodía, de retozar por la hierba fresca de los infinitos prados, de probar los mejores platos que jamás se han cocinado, de zumbarme a un mínimo de 7 vírgenes diarias, comencé a pensar que, a lo mejor, mi sitio estaba de nuevo en el purgatorio.
No obstante, renunciar al paraíso no es fácil, y los billetes de autobús han subido de precio que es una barbaridad. Por eso, comencé a amasar seriamente la idea de contruir un puente entre ambas dimensiones. Un puente de piedra, con leones, robusto, capaz de soportar desde un terremoto hasta los enconados ataques de Godzilla. Sin embargo, pensé que una empresa de tamaña dimensión me llevaría, por lo menos, un par de años. Y eso sin contar con los permisos de obra, que desde lo de la dichosa manzana no saben lo carísimo que está todo por allí. Bueno, pues aún así, he comenzado ha construir el puente. Y menos mal que todavía queda gente buena, altruista, que cuando me ven allí "desrriñonao vivo" me echan una mano, o un pie, y puedo cumplir el planning diario que, por cierto, ya va retrasado. Ah, se me olvidaba. Que mientras el puente se hace, algún fin de semana me escapo y me voy con el primer billete de autobús para el purgatorio, que allí sí que saben hacer buenas fiestas. Y mujeres, oiga, guapas a cascoporro. Lo único que de vírgenes tienen lo que yo de albañil. Pero no me importa. En el purgatorio siempre me encuentro en casa.
Me cuesta imaginar al bueno del Negro Cáceres tumbado en una cama de hospital inerte, intubado, indigno. Y me cuesta porque siempre que he escuchado hablar de Fernando Cáceres me han asaltado imágenes suyas en condiciones inmejorables. Su gol al Barça en aquella maravillosa tarde del 6-3 en la romareda; sus despejes de cabeza en la frontal del área, siempre custodiado por su compañero y amigo Xavi Aguado; su tanto en la tanda de penaltis en la final del '94 contra el Celta en el Calderón; o, cómo no, subido al larguero de la portería sur del Parque de los Príncipes en nuestra gran noche, la de la Recopa del '95.
Yo era tan solo un niño de 10 años cuando recitaba de memoria la alineación de los Héroes de París, y el niño que sigo siendo la recuerda todavía con la claridad con la que recuerdo la tabla del 7: Cedrún, Belsué, Aguado, Cáceres, Solana; Aragón, Nayim, Poyet; Esnáider, Higuera y Pardeza. A alguno de ellos he tenido la fortuna de conocerlos en persona, no así al Negro Cáceres. De esta manera, continúa ahí, intacto en su pedestal de mito, de héroe sin voz, de leyenda viva.
Hemos llorado de algería y de emoción con aquellos momentos. No nos hagas llorar ahora de tristeza, Negro.
Ni tú me entiendes ni yo te he comprendido nunca, sociedad. Me está llevando toda la vida intentar separarme de ti, huir sin retorno, despedirme sin decir adiós. Mi mejor arma ha sido siempre la soledad, una soledad buscada y trabajada a través de años de cobardía. Sin lágrimas no hay paraíso. Pero tú, amiga sociedad, siempre has abierto la puerta de tu casa cuando mis nudillos la han golpeado. A veces -las menos-, me devuelves el golpe; otras -las más-, me acoges, haces un fuego y me arropas con tu manta de cuadritos. Y ahora, cerca del cuarto de siglo, tengo dudas, compañera. Los susurros del abandono definitivo suenan con fuerza en mi cabeza. Sin embargo, por fin he decidido liberar a mi oscuro pasajero desenvainando la voluntad, igual que un guerrero lo hace con su espada. Así que prepárate, sociedad. Ahora cuento con dos armas: la soledad, para defenderme de tí, y la voluntad, para atacarte preventivamente. Y, ten por seguro que, cuando decida desprenderme de mi escudo original, no habrá resolución de Naciones Unidas que pueda salvarte. Y sólo vas a tener una forma y una ocasión para batirme: abandonándome. De momento, seguiré sentado en mi rincón de siempre, leyendo el As y sin hacer mucho ruido. Hasta la próxima, sociedad.