miércoles 29 de julio de 2009

Zapater, te quiero


Si me quedaban muñones era porque mi padre trataba de controlarme. ¡Qué nervios! El partido que habíamos esperado durante toda la temporada, una temporada árida y, sobre todo, muy longeva, sería una realidad en menos de cinco minutos.

Desde mi butaca del fondo norte observaba a la ruborizada Romareda cómo esperaba al equipo, vestida de un blanco radiante, igual de ansiosa que un novio a las puertas de la iglesia imaginando sus nocturnas acometidas.

Tenía el transistor a mano, un aparato viejo y distorsionado, igual que el estadio, pero al que le tengo un enorme apego, igual que al estadio. No lo necesitaba. Aquella tarde no precisaba de explicación ni descripción alguna sobre lo que pasaba sobre el campo. Estaba muy claro que nuestros once jabatos iban a saltar al verde magnético con una intención cerril: acabar la guerra hoy mismo.

Tres puntos, una victoria, era lo que nos separaba de primera división, de nuestro hábitat natural. Este equipo y esta afición se muestran torpes y desorientados lejos de la tierra media.

Y el rey Baltasar fue el primero en mostrarnos el camino de vuelta.

Luego Ponzio y, más tarde Arizmendi, se encargarían de terminar el trabajo sucio.


Pero hubo un momento, un instante original, lejos de los goles y de la celebración posterior, que tuvo un significado especial, al menos, para mí. Y ese momento fue cuando Marcelino decide sustituir a Alberto Zapater, al capitán del Real Zaragoza, y la afición, paralelamente, decide fusionarse así con el ejeano:



Parecía la despedida al viejo capitán de toda la vida, a ese jugador renqueante que agoniza sobre el terreno de juego y que pide la retirada con la boca pequeña pero con el corazón lleno. Pero en este caso, lamentablemente, fue también una despedida, también al capitán, pero fue un adiós prematuro a un chico de 24 años que todavía sentía el ardor crepuscular por comerse partidos y temporadas con la camiseta que ha vestido desde los doce años.

Hasta luego, capitán.

martes 7 de julio de 2009

Algo más que números primos


Este nudo en la garganta, estas lágrimas, tan íntimas y tan colectivas, no hacen sino recordarte, volver a hablarte y a sentirte cerca de mí.
Ya son cinco los años sin celebrar todos juntos San Fermín en tu casa. 7 del 7. 77.
El abuelo comiendo pan. Tú, con el delantal azul, sin salir de la cocina. Yo, apurando el ceregumil en busca del estirón perdido. Recuerdos ya, sólo eso.
Cinco años sin empachos. En realidad, algunos más, no importa.
Huérfanos de tu voz, de tus abrazos, de tus preocupaciones sin fronteras, todavía resuena hoy, bajito, el eco del cumpleaños feliz, también en Almoguera.

Ya sin ideas, trato de buscar en la voz y en el timbre del poeta analogías para mecerlas en la cadiera del tiempo.
Y de pie, con la pluma en alto, invoco a Morfeo para que, al menos, por unas horas, volvamos de nuevo a soplar las velas. Te extrañamos, abuela.