Si me quedaban muñones era porque mi padre trataba de controlarme. ¡Qué nervios! El partido que habíamos esperado durante toda la temporada, una temporada árida y, sobre todo, muy longeva, sería una realidad en menos de cinco minutos.
Desde mi butaca del fondo norte observaba a la ruborizada Romareda cómo esperaba al equipo, vestida de un blanco radiante, igual de ansiosa que un novio a las puertas de la iglesia imaginando sus nocturnas acometidas.
Tenía el transistor a mano, un aparato viejo y distorsionado, igual que el estadio, pero al que le tengo un enorme apego, igual que al estadio. No lo necesitaba. Aquella tarde no precisaba de explicación ni descripción alguna sobre lo que pasaba sobre el campo. Estaba muy claro que nuestros once jabatos iban a saltar al verde magnético con una intención cerril: acabar la guerra hoy mismo.
Tres puntos, una victoria, era lo que nos separaba de primera división, de nuestro hábitat natural. Este equipo y esta afición se muestran torpes y desorientados lejos de la tierra media.
Y el rey Baltasar fue el primero en mostrarnos el camino de vuelta.
Pero hubo un momento, un instante original, lejos de los goles y de la celebración posterior, que tuvo un significado especial, al menos, para mí. Y ese momento fue cuando Marcelino decide sustituir a Alberto Zapater, al capitán del Real Zaragoza, y la afición, paralelamente, decide fusionarse así con el ejeano:
Hasta luego, capitán.