Ayer estuve en Malasaña con Enrique Urquijo. No fue la primera vez, aunque hacía bastante tiempo que no quedábamos. Su rostro pálido e inexpresivo transmitía la sensación de que al bueno de Enrique no le iba tan bien como hubiera esperado por su nuevo barrio. Parecía echar de menos a su mujer y, sobre todo, a su hija María, que ya está hecha toda una mujercita a sus quince años.
Le insistí para que fuéramos a tomar algo, una cerveza, a un garito cerca de allí al que acudo con menos frecuencia de la que debería, pero Enrique sigue colgado como un cuadro del portal donde lleva viviendo casi diez años.
Me gusta quedar con él después de citas importantes. Más, si esas citas anuncian un desenlace poco agradable. A la de ayer acudía con esperanza, la misma con la que los desahuciados afrontan su transición. A lo mejor es sólo cobardía, pero a estas alturas es difícil virar de rumbo.Quizás, mi destino sea el de morir en la orilla.
Enrique me pone el brazo sobre los hombros y, con esa mirada suya, fría y desangelada, parece decirme que sólo hay un camino: volver a levantarse y regresar a casa con la cabeza alta. Pero son ya muchos los trpiezos, le digo, y cuesta demasiado volver a levantar, de nuevo, el castillo de naipes. Es difícil ver como el fracaso llama reiteradamente a la puerta.
¿Dónde refugiarse con la que cae ahí afuera? Muchas son las tentaciones, pocas las voluntades.
No me dio tiempo a despedirme, como siempre, ya que a Enrique no le gusta decir adiós. Además, creo que en su barrio se cena temprano.
No pagué la carrera que me devolvía a Capitol City. Y es que, en realidad, "sólo ha sido un sueño, sólo se ha parado el reloj. Por unos momentos, los dos, huímos de nuestra prisión".
viernes 5 de junio de 2009
Suscribirse a:
Entradas (Atom)