
Ya no aguantaba más. -El banquillo no es sitio para mí-, se decía. Minuto 75 de encuentro y el míster ni siquiera le había mandado a calentar. Se jugaba en las dos áreas sin descanso, partido roto, ideal para el 14.
Roberto, el capitán del equipo, mediocentro, se toca el gemelo y, con gesto de dolor, pide el cambio; se ha roto. El entrenador, Tomás Quiñónez, mira a la banda para ver que tiene. Nada. La batalla requiere otro tipo de guerreros. Es entonces cuando se oye: -¡Eh tú, 14, prepárate que vas a salir!-.
Roberto, el capitán del equipo, mediocentro, se toca el gemelo y, con gesto de dolor, pide el cambio; se ha roto. El entrenador, Tomás Quiñónez, mira a la banda para ver que tiene. Nada. La batalla requiere otro tipo de guerreros. Es entonces cuando se oye: -¡Eh tú, 14, prepárate que vas a salir!-.
Era su oportunidad y lo sabía. Era su partido y lo sabía. Era su vida la que estaba en juego, y lo sabía. El cuarto árbitro sube el cartelón. Sale cojeando el 10 y entra el 14. La grada se pone en pie para despedir a su capitán. Indiferencia y algún silbido aislado para dar la bienvenida al suplente.
Se posiciona de mediapunta por detrás de Emilio, único delantero centro que había en ese momento en el equipo, ya que Alberto había sido expulsado casi al empezar la segunda parte. Pide la pelota, pero no le oyen o no quieren hacerlo. Hay falta en la frontal, angulada hacia la derecha, como a él le gusta por su condición de zurdo nato. Sin embargo, además del 14, se presenta en la escena el ahora capitán en el campo, Nacho, interior zurdo, que con cara de pocos amigos parece indicarle que se marche de allí. Intenta dialogar con él pero no lo consigue. Tira Nacho y... balón a la barrera. La grada pita porque está impaciente y porque hoy hay que ganar para que no se escape la liga.
Minuto 88 y el 14 apenas había tocado el balón. Por fin le llega, un melón, sí, pero la controla de primeras y con calidad. Se oye un ¡ohh! de admiración. Si se da la vuelta y encara a portería solo le quedan dos defensas y el portero. Sin embargo, por el rabillo del ojo ve que Emilio se dirige como una moto por su derecha. El 14 sabe lo que tiene que hacer. Mira a su izquierda, simula interés por ese perfil, pero en cuanto el delantero está a la altura del primer defensor, golpea con suavidad exquisita el balón hacia el lado opuesto sobre el que está inclinado su cuerpo y le pone el gol en bandeja. Emilio no falla. Se cae el campo. Todo el mundo lo celebra con el delantero. 2-1. Casi tocan la copa. Sin embargo, Roberto, eterno capitán, con la pierna derecha vendada, cojeando ostensiblemente, salta del banco para fundirse en un abrazo con el 14, que permanece inmóvil en el centro del campo. Un trocito de liga también le pertenece a él.



