jueves 19 de noviembre de 2009

Don Puente



Renuncié al purgatorio para descubrir el paraíso. Sin dar portazos al salir, cogí el primer billete de autobús rumbo al edén. Allí, al llamar a la puerta, nadie responde nunca, nadie te abre ni te da los buenos días. Es más, diría que ni siquiera había puertas de entrada. Sólo un cartel que rezaba: "Paraíso".
Tardé semanas en comunicarme con alguien de allí. Siempre con ese silencio sepulcral, quedo, molesto. Cuando se me brindó la oportunidad de hablar, mis primeros sonidos audibles fueron para preguntar: "¿Dónde está el obrador?". Y otros tantos días sin hablar.
Cansado de la rutina de levantarme siempre al mediodía, de retozar por la hierba fresca de los infinitos prados, de probar los mejores platos que jamás se han cocinado, de
zumbarme a un mínimo de 7 vírgenes diarias, comencé a pensar que, a lo mejor, mi sitio estaba de nuevo en el purgatorio.

No obstante, renunciar al paraíso no es fácil, y los billetes de autobús han subido de precio que es una barbaridad. Por eso, comencé a amasar seriamente la idea de contruir un puente entre ambas dimensiones. Un puente de piedra, con leones, robusto, capaz de soportar desde un terremoto hasta los enconados ataques de Godzilla.
Sin embargo, pensé que una empresa de tamaña dimensión me llevaría, por lo menos, un par de años. Y eso sin contar con los permisos de obra, que desde lo de la dichosa manzana no saben lo carísimo que está todo por allí.
Bueno, pues aún así, he comenzado ha construir el puente. Y menos mal que todavía queda gente buena, altruista, que cuando me ven allí "desrriñonao vivo" me echan una mano, o un pie, y puedo cumplir el planning diario que, por cierto, ya va retrasado.
Ah, se me olvidaba. Que mientras el puente se hace, algún fin de semana me escapo y me voy con el primer billete de autobús para el purgatorio, que allí sí que saben hacer buenas fiestas. Y mujeres, oiga, guapas a cascoporro. Lo único que de vírgenes tienen lo que yo de albañil. Pero no me importa. En el purgatorio siempre me encuentro en casa.



miércoles 11 de noviembre de 2009

Vamos, Negro!


Me cuesta imaginar al bueno del Negro Cáceres tumbado en una cama de hospital inerte, intubado, indigno. Y me cuesta porque siempre que he escuchado hablar de Fernando Cáceres me han asaltado imágenes suyas en condiciones inmejorables. Su gol al Barça en aquella maravillosa tarde del 6-3 en la romareda; sus despejes de cabeza en la frontal del área, siempre custodiado por su compañero y amigo Xavi Aguado; su tanto en la tanda de penaltis en la final del '94 contra el Celta en el Calderón; o, cómo no, subido al larguero de la portería sur del Parque de los Príncipes en nuestra gran noche, la de la Recopa del '95.

Yo era tan solo un niño de 10 años cuando recitaba de memoria la alineación de los Héroes de París, y el niño que sigo siendo la recuerda todavía con la claridad con la que recuerdo la tabla del 7: Cedrún, Belsué, Aguado, Cáceres, Solana; Aragón, Nayim, Poyet; Esnáider, Higuera y Pardeza.
A alguno de ellos he tenido la fortuna de conocerlos en persona, no así al Negro Cáceres. De esta manera, continúa ahí, intacto en su pedestal de mito, de héroe sin voz, de leyenda viva.



Hemos llorado de algería y de emoción con aquellos momentos. No nos hagas llorar ahora de tristeza, Negro.


domingo 1 de noviembre de 2009

Sociedad se escribe con "s" de soledad


Ni tú me entiendes ni yo te he comprendido nunca, sociedad. Me está llevando toda la vida intentar separarme de ti, huir sin retorno, despedirme sin decir adiós.
Mi mejor arma ha sido siempre la soledad, una soledad buscada y trabajada a través de años de cobardía. Sin lágrimas no hay paraíso.
Pero tú, amiga sociedad, siempre has abierto la puerta de tu casa cuando mis nudillos la han golpeado. A veces -las menos-, me devuelves el golpe; otras -las más-, me acoges, haces un fuego y me arropas con tu manta de cuadritos.
Y ahora, cerca del cuarto de siglo, tengo dudas, compañera. Los susurros del abandono definitivo suenan con fuerza en mi cabeza. Sin embargo, por fin he decidido liberar a mi oscuro pasajero desenvainando la voluntad, igual que un guerrero lo hace con su espada.
Así que prepárate, sociedad. Ahora cuento con dos armas: la soledad, para defenderme de tí, y la voluntad, para atacarte preventivamente. Y, ten por seguro que, cuando decida desprenderme de mi escudo original, no habrá resolución de Naciones Unidas que pueda salvarte.
Y sólo vas a tener una forma y una ocasión para batirme: abandonándome.
De momento, seguiré sentado en mi rincón de siempre, leyendo el As y sin hacer mucho ruido. Hasta la próxima, sociedad.



miércoles 21 de octubre de 2009

Blanco o negro


A las dos de la mañana, mis ganas por ver a Argentina y, sobre todo, al Diego celebrar el pase al Mundial de Sudáfrica, luchaban a muerte con los ecos de Morfeo, tan nítidos ya, que hasta la cama parecía andar desde mi cuarto al salón.
Bilardo abrazado a Maradona, saltando y compartiendo la danza de la victoria, chirriaba algo después de los palos en las costillas que se habían propinado el uno al otro.
Mis párpados terminaron por rendirse. La retina había guardado como imagen última a Barrilete Cósmico con un peto rojo colgado del cuello, como si llevara un poncho idem en homenaje, quién sabe, a otro personaje universal llamado Chavela Vargas.
Un golpe me sobresaltó. Al principio, creía que era el pesado del vecino de arriba, intentando convertirse en Michael Jordan a las taitantas de la madrugada. Pero no. El golpe resultó ser de micrófono, y lo propinó Maradona -esta vez sin querer- mientras se sentaba para ofrecer la tradicional rueda de prensa posterior al partido.
Pero con el Diego, ya se sabe, lo tradicional no tiene cabida. Me incorporé para buscar el mando y subir mínimamente el volumen. Ahora felicitará a sus jugadores, pensé, por ser los verdaderos responsables del triunfo, y se echará alguna flor a sí mismo, porque D10s está encantado de ser D10s desde hace mucho tiempo.
Pero se me pasó un detalle bastante importante: la relación del Pelusa con la prensa. Un tío que es capaz de disparar con una escopeta de perdigones desde la ventana de su casa a los periodistas apostados frente a su puerta, es capaz de cualquier cosa.



Con las agujas del reloj avanzando como persas por los desfiladeros de las Termópilas, me lancé a por el panhispánico de dudas en busca de un milagro. A lo mejor, quién sabe, chupar y mamar en Argentina o en Sudamérica significaban distinto. Pero, saben una cosa, parece ser que, hasta en el Perito Moreno, la chupan y la maman igual que en España y en el resto del mundo.
O están conmigo o contra mí; o blanco o negro, bramó el pibe de oro. Pues en esta ocasión, amigo, no me dejas elección: estoy mucho más cerca de señores como Obama que de tipos como tú. Porque los cuentos maradonianos, Dieguito, jamás fueron pensados para escribir historias tan tristes y lamentables como ésta.

lunes 12 de octubre de 2009

El mejor arte


El mejor arte no se estudia en ninguna Universidad. El mejor arte no se compra en ninguna tienda de barrio y, mucho menos, en ningún centro comercial.
El mejor arte es inesperado, aleatorio, fugaz. Y puede encontrarse en las cosas y en los lugares más comunes y ordinarios.
Pero, sobre todo, el mejor arte reside en las personas. Nace, vive y muere en ellas. Estas personas, dotadas de un don natural, pueden expresar el mejor arte a través de distintas disciplinas: la literatura, la pintura, la escultura, la danza, el cine, la arquitectura, etc. No obstante, es en la música donde mejor brota, donde mejor crece y donde más frutos da.
El mejor arte es indefinible, inclasificable. Sólo en ocasiones, cuando nuestra simple existencia se cruza con él, podemos entender el significado del mejor arte.




Disfrutarlo es la mayor recompensa. Su fruto nos sirve para continuar por nuestra senda vital en mejores condiciones de como la empezamos. Y compartirlo, sin duda, es la mejor forma de guiarlo hacia la inmortalidad.
Y tú, ¿dónde crees que reside el mejor arte?

viernes 25 de septiembre de 2009

La verdad se esconde en Copenhage

El Diego ha cambiado. A los ojos de mucha gente, quizás de demasiada gente, Maradona no parece Maradona desde que descendió de los altares del balompié para ser seleccionador nacional de Argentina.
Sus decisiones sobre la cancha, su manera de leer los encuentros, su prepotencia a la hora de asumir errores, su incomptencia, hablemos claro, han desvirtuado la imagen del D10s del fútbol.
Yo sigo teniendo fe en Él, porque la fe es ciega, y porque creo que sabrá reconducir la situación para que en el próximo verano podamos asistir a uno de los mayores acontecimientos planetarios -Zapatero y Obama aparte-: La final del Mundial de fútbol entre España y Argentina.



(Esto de introducir vídeos entre párrafos lo he copiado de un genio trapseiano que, por su talento, bien podría ser de otro planeta)


Otro Diego, en este caso el que escribe, también ha cambiado. He tomado decisiones complicadas y difíciles de entender por algunos (como las del Pelusa), pero siempre con la intención de progresar y de continuar por la senda iluminada. Y menos mal que la vida no es como un partido de fútbol, porque sino ya habría quemado mis tres cambios.

Dejé atrás a amigos y compañeros -algunos fieles; otros, no tanto- con el propósito de continuar la marcha en solitario, un poco como a mí me gusta, alejado de los focos y de los cantos de sirena que, al fin y al cabo, no iban a conducirme a ninguna parte.

También he decidido cambiar el aspecto de mis cuentos maradonianos, sólo de manera superficial, un ligero toque de pintura blanca y gotelé, ya que las palabras y las historias continuarán teniendo el mismo estilo y el mismo contenido. En definitiva, el mismo sentimiento.




A los fieles que todavía continuáis leyendo, os emplazo conmigo en las trincheras, en las barricadas y en las batallas que todavía nos faltan por combatir. Porque el camino es largo y lleno de encrucijadas, seguro que tú y yo nos encontraremos. Y como dicen en Baltimore: Nos vemos, macho!


miércoles 29 de julio de 2009

Zapater, te quiero


Si me quedaban muñones era porque mi padre trataba de controlarme. ¡Qué nervios! El partido que habíamos esperado durante toda la temporada, una temporada árida y, sobre todo, muy longeva, sería una realidad en menos de cinco minutos.

Desde mi butaca del fondo norte observaba a la ruborizada Romareda cómo esperaba al equipo, vestida de un blanco radiante, igual de ansiosa que un novio a las puertas de la iglesia imaginando sus nocturnas acometidas.

Tenía el transistor a mano, un aparato viejo y distorsionado, igual que el estadio, pero al que le tengo un enorme apego, igual que al estadio. No lo necesitaba. Aquella tarde no precisaba de explicación ni descripción alguna sobre lo que pasaba sobre el campo. Estaba muy claro que nuestros once jabatos iban a saltar al verde magnético con una intención cerril: acabar la guerra hoy mismo.

Tres puntos, una victoria, era lo que nos separaba de primera división, de nuestro hábitat natural. Este equipo y esta afición se muestran torpes y desorientados lejos de la tierra media.

Y el rey Baltasar fue el primero en mostrarnos el camino de vuelta.

Luego Ponzio y, más tarde Arizmendi, se encargarían de terminar el trabajo sucio.


Pero hubo un momento, un instante original, lejos de los goles y de la celebración posterior, que tuvo un significado especial, al menos, para mí. Y ese momento fue cuando Marcelino decide sustituir a Alberto Zapater, al capitán del Real Zaragoza, y la afición, paralelamente, decide fusionarse así con el ejeano:



Parecía la despedida al viejo capitán de toda la vida, a ese jugador renqueante que agoniza sobre el terreno de juego y que pide la retirada con la boca pequeña pero con el corazón lleno. Pero en este caso, lamentablemente, fue también una despedida, también al capitán, pero fue un adiós prematuro a un chico de 24 años que todavía sentía el ardor crepuscular por comerse partidos y temporadas con la camiseta que ha vestido desde los doce años.

Hasta luego, capitán.

martes 7 de julio de 2009

Algo más que números primos


Este nudo en la garganta, estas lágrimas, tan íntimas y tan colectivas, no hacen sino recordarte, volver a hablarte y a sentirte cerca de mí.
Ya son cinco los años sin celebrar todos juntos San Fermín en tu casa. 7 del 7. 77.
El abuelo comiendo pan. Tú, con el delantal azul, sin salir de la cocina. Yo, apurando el ceregumil en busca del estirón perdido. Recuerdos ya, sólo eso.
Cinco años sin empachos. En realidad, algunos más, no importa.
Huérfanos de tu voz, de tus abrazos, de tus preocupaciones sin fronteras, todavía resuena hoy, bajito, el eco del cumpleaños feliz, también en Almoguera.

Ya sin ideas, trato de buscar en la voz y en el timbre del poeta analogías para mecerlas en la cadiera del tiempo.
Y de pie, con la pluma en alto, invoco a Morfeo para que, al menos, por unas horas, volvamos de nuevo a soplar las velas. Te extrañamos, abuela.


viernes 5 de junio de 2009

Mi amiga mala suerte

Ayer estuve en Malasaña con Enrique Urquijo. No fue la primera vez, aunque hacía bastante tiempo que no quedábamos. Su rostro pálido e inexpresivo transmitía la sensación de que al bueno de Enrique no le iba tan bien como hubiera esperado por su nuevo barrio. Parecía echar de menos a su mujer y, sobre todo, a su hija María, que ya está hecha toda una mujercita a sus quince años.
Le insistí para que fuéramos a tomar algo, una cerveza, a un garito cerca de allí al que acudo con menos frecuencia de la que debería, pero Enrique sigue colgado como un cuadro del portal donde lleva viviendo casi diez años.
Me gusta quedar con él después de citas importantes. Más, si esas citas anuncian un desenlace poco agradable. A la de ayer acudía con esperanza, la misma con la que los desahuciados afrontan su transición. A lo mejor es sólo cobardía, pero a estas alturas es difícil virar de rumbo.Quizás, mi destino sea el de morir en la orilla.
Enrique me pone el brazo sobre los hombros y, con esa mirada suya, fría y desangelada, parece decirme que sólo hay un camino: volver a levantarse y regresar a casa con la cabeza alta. Pero son ya muchos los trpiezos, le digo, y cuesta demasiado volver a levantar, de nuevo, el castillo de naipes. Es difícil ver como el fracaso llama reiteradamente a la puerta.
¿Dónde refugiarse con la que cae ahí afuera? Muchas son las tentaciones, pocas las voluntades.
No me dio tiempo a despedirme, como siempre, ya que a Enrique no le gusta decir adiós. Además, creo que en su barrio se cena temprano.
No pagué la carrera que me devolvía a Capitol City. Y es que, en realidad, "sólo ha sido un sueño, sólo se ha parado el reloj. Por unos momentos, los dos, huímos de nuestra prisión".




martes 12 de mayo de 2009

Antonio Vega

Dicen que nunca se perdonó la pérdida de Marga, la persona que más le importaba en este mundo, y que fue arrastrada a los abismos de un músico irrepetible. Las drogas se llevaron a Marga hace algún tiempo, también a Antonio.
Su sempiterna cara de tristeza, sus ojos hundidos en la inmensidad de un rostro partido por la realidad, se hiceron mucho más acentuados cuando la chica de ayer dejó de jugar definitivamente con las flores de su jardín.

Hoy se ha marchado para siempre el vocalista de Nacha Pop, el grupo español más influyente de la década de los 80, una de las personas más admiradas por los amantes de la música. En los 90, ya en solitario, ganó el premio ondas a la mejor canción por su tema "El sitio de mi recreo". Poco o nada cuesta ser uno más.

Lloran su pérdida miles de amigos, anónimos e íntimos, que no querían ver una realidad que se arrastraba por los escenarios desde hace varios años. Fue en el concierto de los 40 años de 40 principales, en el estadio Vicente Calderón, tocando de nuevo "La chica de ayer" junto con con su primo Nacho García Vega, cuando el resplandor del filo de la guadaña asomaba tras esas pupilas ensombrecidas y que siempre trataba de ocultar.

Duele, desde nuestro egoísmo, no volver a escuchar en directo "Lucha de gigantes". Seguro que ahora mismo, rodeado de amigos que hacía ya algún tiempo no veía, están tocando ese y muchos otros temas. Que no te dé miedo la enormidad, Antonio, porque tu voz siempre será escuchada por el eco que producen tus canciones. Hasta siempre, genio.