Este nudo en la garganta, estas lágrimas, tan íntimas y tan colectivas, no hacen sino recordarte, volver a hablarte y a sentirte cerca de mí. Ya son cinco los años sin celebrar todos juntos San Fermín en tu casa. 7 del 7. 77. El abuelo comiendo pan. Tú, con el delantal azul, sin salir de la cocina. Yo, apurando el ceregumil en busca del estirón perdido. Recuerdos ya, sólo eso. Cinco años sin empachos. En realidad, algunos más, no importa. Huérfanos de tu voz, de tus abrazos, de tus preocupaciones sin fronteras, todavía resuena hoy, bajito, el eco del cumpleaños feliz, también en Almoguera.
Ya sin ideas, trato de buscar en la voz y en el timbre del poeta analogías para mecerlas en la cadiera del tiempo. Y de pie, con la pluma en alto, invoco a Morfeo para que, al menos, por unas horas, volvamos de nuevo a soplar las velas. Te extrañamos, abuela.
Ayer estuve en Malasaña con Enrique Urquijo. No fue la primera vez, aunque hacía bastante tiempo que no quedábamos. Su rostro pálido e inexpresivo transmitía la sensación de que al bueno de Enrique no le iba tan bien como hubiera esperado por su nuevo barrio. Parecía echar de menos a su mujer y, sobre todo, a su hija María, que ya está hecha toda una mujercita a sus quince años. Le insistí para que fuéramos a tomar algo, una cerveza, a un garito cerca de allí al que acudo con menos frecuencia de la que debería, pero Enrique sigue colgado como un cuadro del portal donde lleva viviendo casi diez años. Me gusta quedar con él después de citas importantes. Más, si esas citas anuncian un desenlace poco agradable. A la de ayer acudía con esperanza, la misma con la que los desahuciados afrontan su transición. A lo mejor es sólo cobardía, pero a estas alturas es difícil virar de rumbo.Quizás, mi destino sea el de morir en la orilla. Enrique me pone el brazo sobre los hombros y, con esa mirada suya, fría y desangelada, parece decirme que sólo hay un camino: volver a levantarse y regresar a casa con la cabeza alta. Pero son ya muchos los trpiezos, le digo, y cuesta demasiado volver a levantar, de nuevo, el castillo de naipes. Es difícil ver como el fracaso llama reiteradamente a la puerta. ¿Dónde refugiarse con la que cae ahí afuera? Muchas son las tentaciones, pocas las voluntades. No me dio tiempo a despedirme, como siempre, ya que a Enrique no le gusta decir adiós. Además, creo que en su barrio se cena temprano. No pagué la carrera que me devolvía a Capitol City. Y es que, en realidad, "sólo ha sido un sueño, sólo se ha parado el reloj. Por unos momentos, los dos, huímos de nuestra prisión".
Dicen que nunca se perdonó la pérdida de Marga, la persona que más le importaba en este mundo, y que fue arrastrada a los abismos de un músico irrepetible. Las drogas se llevaron a Marga hace algún tiempo, también a Antonio. Su sempiterna cara de tristeza, sus ojos hundidos en la inmensidad de un rostro partido por la realidad, se hiceron mucho más acentuados cuando la chica de ayer dejó de jugar definitivamente con las flores de su jardín.
Hoy se ha marchado para siempre el vocalista de Nacha Pop, el grupo español más influyente de la década de los 80, una de las personas más admiradas por los amantes de la música. En los 90, ya en solitario, ganó el premio ondas a la mejor canción por su tema "El sitio de mi recreo". Poco o nada cuesta ser uno más.
Lloran su pérdida miles de amigos, anónimos e íntimos, que no querían ver una realidad que se arrastraba por los escenarios desde hace varios años. Fue en el concierto de los 40 años de 40 principales, en el estadio Vicente Calderón, tocando de nuevo "La chica de ayer" junto con con su primo Nacho García Vega, cuando el resplandor del filo de la guadaña asomaba tras esas pupilas ensombrecidas y que siempre trataba de ocultar.
Duele, desde nuestro egoísmo, no volver a escuchar en directo "Lucha de gigantes". Seguro que ahora mismo, rodeado de amigos que hacía ya algún tiempo no veía, están tocando ese y muchos otros temas. Que no te dé miedo la enormidad, Antonio, porque tu voz siempre será escuchada por el eco que producen tus canciones. Hasta siempre, genio.
Más de un mes sin actualizar. Qué vergüenza! Prometo ser más constante a partir de ahora. Os dejo un vídeo, de momento, que siempre es muy recurrente. Hasta pronto, colegas.
A veces me pregunto, a escondidas, observando con nocturnidad la actualidad del Partido Popular, dónde se ha metida el dedazo. Sí, lo recuerdan, el dedazo que nombró a Mariano Rajoy presidente de la derecha española.
Me lo imagino sentado en un rincón, sudoroso y peludo, con la uña muy larga y tremendamente sucia, llena de mierda de gaviotas. Debe, además, de estar muy disgustado por el fino cariz (o desliz) que ha tomado la carrera política de su designado.
A Rajoy, a pesar de tener veinte dedos, le han crecido más de siete enanos. Esperanza de Gallardón podría ser el título de una novela colombiana protagonizada, claro, por el político gallego. Me imagino a un Rajoy fuerte, vigoroso, con cierto plumerío, y zancadilleado constantemente por las elásticas patas del jefe Gallardón, el líder de un cártel malvado y despiadado que trafica con obras y andamios. Y también me lo imagino casado con una mala mujer, una mujer demasiado ambiciosa con nombre de color verde llamada Esperanza, que bebe ginebra y que juega con la doncella al escondite.
Ay, si Fraga levantara la cabeza... Perdón, en google pone que está vivo. Mis respetos, don Manuel.
Imagino la muerte como una amplia sensación de vacío. Aunque, bien pensado, hablar de muerte y de sensación de vacío es hablar incongruentemente, ya que el único resultado posible en esa ecuación es el vacío.
De esta manera, ¿Qué ocurre cuando una persona, en vida, se siente vacía? ¿Significa que esa persona está muerta en vida?
Según dicen, el remedio natural para esas personas parece ser el amor. El amor a Dios, el amor a otra persona, el amor a las artes o el amor a las ciencias.
Si me lo permiten, me aventuraré, únicamente, a resolver si es posible el amor a Dios. Sin duda, el reto planteado es importante ya que, en primer lugar, debemos averiguar si su existencia es real. La empresa quizá resulte demasiado elevada para los conocimientos de quien les escribe ya que estamos, sin duda, ante el debate más enconado y apasionante de la historia de la humanidad.
Aquí, por tanto, el agnosticismo no parece una opción. Creyente o ateo, e ahí el dilema. ¿Por qué existe Dios? O, ¿Por qué no existe Dios?
Vamos a reducir variables. Nuestra civilización se inicia con el advenimiento del hijo de Dios a la Tierra. ¿Existió Jesús? Y, si realmente existió, ¿Era el hijo de Dios?
Sobre el tapete disponemos de más pruebas a favor que en contra. La Biblia habla de la existencia de Dios, de la Creación, de Jesús. ¿Es un cuento infantil de cabecera o, por el contrario, muestra indicios en torno a la existencia de un ser superior?
Incluso para los más escépticos, resulta difícil negar la existencia de Jesús de Nazaret, el personaje más importante e influyente que haya existido nunca. Por ende, parece haber consenso en torno a su realismo.
Pero la clave, el paso invisible sobre la cabeza del león, no está en su propia existencia o en las obras y actos que realizó en vida, sino que la clave del debate está sobre la resurrección de Jesús, sobre la propia humanidad de Cristo. Ningún ser humano, después de muerto, tiene esa capacidad excepto, claro está, si de lo que padece es de catalepsia.
Manteniendo la tesis en torno a la ausencia de humanidad en Jesús, ¿disponía de los mismos sentimientos de los que dispone una persona? ¿Podría amar, sufrir, soñar, si realmente no era un ser humano?
Es decir, si carecía de personalidad, si carecía de sentimientos, el vacío debería haber sido su manera de existir.Así, ¿cómo pudo resucitar Jesús si siempre había carecido de vida? ¿Cómo amar a algo carente de aliento?
Únicamente la fe puede responder a todas estas cuestiones. Que hable quién disponga de ella.
Quisiera tener alma como un mortal. Quisiera acariciar el cielo como un halcón. Quisiera poseer la seguridad prenatal para mirar sin vacilación la amarga citación del juicio final que a todos, sin excepción, la eternidad se encarga de ejecutar.
Pero la ausencia de evocación impide a mi inspiración dotar de versos a un libro escrito sobre la piel de una doncella enjaulada. Mas tampoco es ligera la resignación que hunde a mi salvación eterna, ya que es difícil creer en el cuento de la Creación. Por ello, interpelo a sus señorías a coger la pluma de la utopía y soñar, como sueñan los contritos, que el dolor de la limitación a todos afecta por igual, sin distinguir a burdos de eruditos. Y aunque pueda aparentar retorcido, sólo hay que apretar el cuello del ungido para determinar el valor moral de aquellos que creen únicamente en vencedores y vencidos.
Porque si en realidad les hubiera tocado la lotería a los del Heraldo de Soria con el número del Heraldo de Soria, todavía. Pero, sinvergüenzas, a los del Herlado de Soria les tocó la lotería con los décimos y participaciones del bar al que, supuestamente, iban a tomar café cada mañana los del Heraldo de Soria. Y, digo supuestamente, porque se supone que la gente que trabaja en el Heraldo de Soria no sale de la redacción del Heraldo de Soria, porque en el Heraldo de Soria se trabaja duramente y se paga peor. Pero, claro, qué culpa tiene los de lHeraldo de Soria de trabajar en el Heraldo de Soria y no en otro Heraldo, por ejemplo, en el de Huesca o en el de Aragón o en el que les hubiera salido del pernambuco. Que, oye, para una vez que les toca algo a los del Heraldo de Soria, fíjate como se ponen: Que si a partir de ahora son el mejor Heraldo de España, que si en Aragón lo que hay es un heraldillo de Giralda más breve que la torre del Ebro, etecés. En fin, que en el Heraldo de Soria todavía no se creen que les haya tocado lo que les ha tocado. Y que la gente todavía no tiene claro que los delHeraldo de Soria no ganaron con el número del Heraldo de Soria, sino con el número del bar de Soria al que iban a tomar café y a beber albóndigas los del Heraldo de Soria. En fin, que habrá que ir pensando, no en el Sorteo del Joven, sino en comprar el periódico de Aragón, de Cataluña o el de Cuenca que, para el caso, tiene los mismos secundarios.