
Renuncié al purgatorio para descubrir el paraíso. Sin dar portazos al salir, cogí el primer billete de autobús rumbo al edén. Allí, al llamar a la puerta, nadie responde nunca, nadie te abre ni te da los buenos días. Es más, diría que ni siquiera había puertas de entrada. Sólo un cartel que rezaba: "Paraíso".
Tardé semanas en comunicarme con alguien de allí. Siempre con ese silencio sepulcral, quedo, molesto. Cuando se me brindó la oportunidad de hablar, mis primeros sonidos audibles fueron para preguntar: "¿Dónde está el obrador?". Y otros tantos días sin hablar.
Cansado de la rutina de levantarme siempre al mediodía, de retozar por la hierba fresca de los infinitos prados, de probar los mejores platos que jamás se han cocinado, de zumbarme a un mínimo de 7 vírgenes diarias, comencé a pensar que, a lo mejor, mi sitio estaba de nuevo en el purgatorio.
No obstante, renunciar al paraíso no es fácil, y los billetes de autobús han subido de precio que es una barbaridad. Por eso, comencé a amasar seriamente la idea de contruir un puente entre ambas dimensiones. Un puente de piedra, con leones, robusto, capaz de soportar desde un terremoto hasta los enconados ataques de Godzilla.
Sin embargo, pensé que una empresa de tamaña dimensión me llevaría, por lo menos, un par de años. Y eso sin contar con los permisos de obra, que desde lo de la dichosa manzana no saben lo carísimo que está todo por allí.
Bueno, pues aún así, he comenzado ha construir el puente. Y menos mal que todavía queda gente buena, altruista, que cuando me ven allí "desrriñonao vivo" me echan una mano, o un pie, y puedo cumplir el planning diario que, por cierto, ya va retrasado.
Ah, se me olvidaba. Que mientras el puente se hace, algún fin de semana me escapo y me voy con el primer billete de autobús para el purgatorio, que allí sí que saben hacer buenas fiestas. Y mujeres, oiga, guapas a cascoporro. Lo único que de vírgenes tienen lo que yo de albañil. Pero no me importa. En el purgatorio siempre me encuentro en casa.

