
Me cuesta imaginarme al bueno del Negro Cáceres tumbado en una cama de hospital inerte, intubado, indigno. Y me cuesta porque siempre que he escuchado hablar de Fernando Cáceres me han asaltado imágenes suyas en condiciones inmejorables. Su gol al Barça en aquella maravillosa tarde del 6-3 en la romareda; sus despejes de cabeza en la frontal del área, siempre custodiado por su compañero y amigo Xavi Aguado; su tanto en la tanda de penaltis en la final del '94 contra el Celta en el Calderón; o, cómo no, subido al larguero de la portería sur del Parque de los Príncipes en nuestra gran noche, la de la Recopa del '95.
Yo era tan solo un niño de 10 años cuando recitaba de memoria la alineación de los Héroes de París, y el niño que sigo siendo la recuerda todavía con la claridad con la que recuerdo la tabla del 7: Cedrún, Belsué, Aguado, Cáceres, Solana; Aragón, Nayim, Poyet; Esnáider, Higuera y Pardeza.
A alguno de ellos he tenido la fortuna de conocerlos en persona, no así al Negro Cáceres. De esta manera, continúa ahí, intacto en su pedestal de mito, de héroe sin voz, de leyenda viva.
Hemos llorado de algería y de emoción con aquellos momentos. No nos hagas llorar ahora de tristeza, Negro.
